Vi marchitarse la millonaria

 


Vi marchitarse la millonaria

como se desploman las ciudades invisibles

bajo el peso de un sueño que ha despertado.

Sus hojas, lenguas verdes deshaciéndose en aire,

murmuraban historias que solo la luz podía leer.


Nosotros,

arquitectos de un ritual sin nombre,

dibujábamos constelaciones en los azulejos del balcón,

esperando que la luna nos respondiera

con la exactitud de un oráculo dormido.


El tiempo nos resbalaba por los párpados,

cada amanecer era un susurro de arena

y cada anochecer,

un espejo donde nos desdoblábamos hasta ser nadie.

Nos reconocimos en el reflejo de un relámpago

y en la geometría absurda de los relojes líquidos.


Pero un día,

la millonaria dejó de beber el aliento del cielo,

su savia se volvió una letanía de invierno

y sus raíces olvidaron el lenguaje de la tierra.

Entonces supe que todo era un juego de transparencias,

que la materia nos había traicionado

y que la eternidad se había fugado

por la grieta de una palabra no dicha.


Así nos despedimos,

con la risa de quien ha sido devorado por su propia sombra,

con la certeza de que todo lo amado

se quema en el altar de lo imposible.


Nos alejamos sin mirar atrás,

como las aves que cruzan la frontera de lo real,

dejando en el aire


solo el eco de un delirio compartido.


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