Los que siembran en la nada

El bus se detuvo en seco, sin motivo aparente. El chofer no apagó el motor, solo miró por el espejo retrovisor y escupió las palabras con la misma indiferencia con la que se sacude el polvo de los zapatos.

—Hasta aquí llegamos.

Luis bajó con la mochila al hombro. Atrás, una mujer con un niño dormido en su regazo ni siquiera se movió, como si entendiera que no había a dónde más ir. Un anciano mascaba tabaco sin apurarse, como si cada segundo masticado fuera una prórroga contra lo inevitable.

El pueblo lo recibió como lo hacen los lugares donde la guerra ha pasado tantas veces que ya nadie se molesta en contar las ruinas. La maleza se alzaba donde alguna vez hubo caminos, y las casas, de pie por mera inercia, eran esqueletos sin alma. La suya seguía en el mismo sitio, pero parecía un cuerpo abandonado al sol. Había polvo en los retratos, en los muebles, en las historias que su padre había dejado suspendidas en el aire.

El campo también estaba muerto. La tierra, endurecida por el tiempo y el miedo, no respondía. Luis intentó hundir las manos, romper la costra de abandono, pero la tierra no tiene memoria cuando la han violado tantas veces.

—No va a durar mucho aquí —le dijo una voz a sus espaldas.

Era un hombre viejo, de piel curtida y mirada de alguien que ha visto demasiados muertos para sorprenderse por uno más.

—Esta tierra es mía —respondió Luis sin volverse.

El viejo escupió a un lado.

—La tierra aquí no es de nadie, solo de quien la sabe robar.

Luis no contestó. Le habían contado la historia desde que era niño. Primero fue la guerrilla, luego los paramilitares, después el Ejército. Ahora, con el gobierno negociando en mesas de madera pulida y cristales tintados, eran otros los que venían a imponer su ley, a reclamar lo que nunca trabajaron. El ELN, las disidencias, los narcos con uniformes reciclados. Cambian los nombres, pero no los fusiles.

Luis conocía la mecánica del despojo. A su padre lo obligaron a vender a precio de hambre, pero él se negó. Le dijeron que pensara en su familia, que un día podría amanecer colgado de un árbol como los otros que no quisieron entender las reglas. Su padre insistió en quedarse. Un día salió al monte y nunca regresó. La casa quedó sola, la tierra quedó vacía. Como tantas otras.

Un crujido en la maleza le hizo girarse. Era una mujer. Llevaba una canasta con frutas marchitas y la falda sucia de andar por caminos que ya no existían. Tenía una cicatriz fina en la mejilla, la clase de heridas que no se cierran del todo.

—¿Tienes hambre? —preguntó.

Luis asintió, aunque no supiera por qué. Ella le pasó una fruta y se sentó en la escalera de la casa, como si la conociera de antes.

—Aquí la gente ya no pelea por la tierra —dijo, arrancando la cáscara con las uñas—. Pelea por quién la olvida más rápido.

Luis no respondió. Miró el horizonte, donde el sol se hundía tras la montaña como una herida abierta.

En la noche, la selva hablaba. Los grillos, el rumor del río, los pasos que se confundían con el viento. Luis no durmió. Recordó las palabras de su padre: la tierra es como la sangre, solo se derrama una vez y nunca vuelve a ser la misma.

Al amanecer, ya había decidido. Se echó la mochila al hombro, pasó junto a la mujer sin decir nada. Ella tampoco habló.

En Colombia, la tierra nunca es de quien la siembra. Es de quien sabe esperar a que los muertos se enfríen.


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