El incendio que nunca fue mío, pero ardió en mi sangre
Te busqué en todas partes,
en los silencios que dejabas en la mesa,
en la piel tibia de las madrugadas
cuando aún dormías y yo me quedaba despierto,
mirándote como si en ese instante
pudiera hacerte eterna.
Te quise como se quiere lo imposible,
con la absurda certeza de que el amor
podía domesticar el viento,
de que el roce de mis manos
sería suficiente para sembrar raíces
en tus pasos errantes.
Pero no eras mía.
Y lo supe desde el primer día,
desde aquella vez en que tus ojos
miraron más allá de mí,
como quien ya pertenece al horizonte,
como quien solo está de paso
aunque el alma le grite que se quede.
No eras mía,
porque nunca lo fuiste,
porque hay cuerpos que se dejan abrazar
pero no se dejan habitar.
Porque hay almas que nacen con alas
y el amor no es jaula,
ni contrato,
ni promesa escrita en piedra.
Eras de la vida,
del azar que nunca pide permiso,
de la brisa que besa todas las costas
pero nunca se queda.
Eras de las calles que no recorrí contigo,
de los viajes donde yo no estaba,
de las canciones que nunca compartimos
pero que aún resuenan en mi pecho.
Y ahora lo entiendo.
El amor no es poseer,
ni encadenar,
ni implorar que el otro nos elija
todos los días como si no tuviera derecho
a cambiar de rumbo.
El amor es aceptar la belleza del instante
y su fugacidad.
Es saber que fuiste real,
que ardimos en la misma hoguera,
que nos habitamos mientras pudimos,
y que eso fue suficiente.
Porque aunque nunca fuiste mía,
aún llevo tu incendio en la sangre,
y en las noches más frías,
todavía ilumina.
Feliz noche! ❤️🔥🕊️✨
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