Las horas de la espera
La noche se pegaba a las paredes, viscosa como un sudario dejado al descuido. Desde mi asiento, aguardaba la llegada de alguien, de alguno, aunque ya no sabía si era un nombre o una silueta lo que esperaba. Nadie vino. Me quedé a la deriva en una ausencia que no elegí, como un muñeco que alguien olvidó en el rincón más oscuro de la casa.
Al día siguiente, repetí el ritual sin entusiasmo: habité las horas con una torpeza mecánica, y cuando la noche volvió, busqué otro punto donde anclar mi espera. Esta vez me senté en la puerta de Rosario. Apenas dos metros separaban su cuarto del mío, pero hay distancias que no se miden con números, sino con el peso de lo no dicho.
Recuerdo el día en que Rosario me dijo que me amaba. Fue el único instante de mi existencia que no me resulta repugnante. Todo lo demás lo aborrezco. Aquel día fue como un paréntesis en la cadencia inmisericorde de los relojes. Rosario me miraba con la certeza de quien ha encontrado un secreto y teme perderlo. Sus ojos, negros como la certidumbre de la muerte, me dijeron cosas que su boca apenas alcanzó a esbozar. Me habló de alegrías y tristezas, porque ¿qué sería del amor sin su sombra pegada a los talones?
Entonces la vi venir.
No era Rosario, o lo era de un modo incompleto. Su pelo castaño flotaba con un movimiento antinatural, como si una brisa invisible la envolviera desde adentro. Su piel tenía un matiz arenoso, su boca estaba vacía. Se detuvo frente a mí sin pronunciar una sola palabra, y yo supe que todo lo que ella alguna vez me dijo se había perdido en una grieta del tiempo, un resquicio insondable al que ya no tenía acceso.
No sé cómo atravesó mi cuerpo, pero lo hizo, con la indiferencia con la que un espectro cruza la niebla. Abrió su puerta y entró. Yo la seguí.
Oscuridad.
El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando desperté. Estaba en su cuarto, solo. No recordaba haber entrado. Algo en las sombras respiraba con una cadencia imperceptible, como si la casa misma estuviera dormida. Me llevé las manos al rostro: las sentí frías, demasiado frías.
Entonces lo comprendí.
No era Rosario quien había venido a buscarme. Fui yo quien cruzó a su lado, quien traspasó esa frontera sutil donde los vivos y los muertos intercambian lugares.
Lloré, pero no sé cuánto tiempo pasó. Cuando el llanto cesó, me puse de pie, busqué mi arma y me disparé en la cabeza.
Pero no pasó nada.
Seguí allí, esperando.
Esperando a alguien que, esta vez, sí vendría.
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