El último bostezo de Dios
He olvidado el nombre del alba,
suavemente he dejado de existir.
Las calles bostezan su tedio de neón fundido,
y la ciudad escupe su aliento rancio
en las almas que mendigan un cigarro y un destino.
Todo se ha vuelto un bostezo eterno,
una resaca sin noche anterior,
un tren fantasma que atraviesa los huesos
de los que nunca aprendieron a morir bien.
Dios ya no tiene rostro ni oficinas abiertas,
cerró su negocio por quiebra
y dejó el mundo girando sin testamento.
Los que aún caminan por estas ruinas
son cadáveres con cita pendiente,
sombras con la nostalgia de haber sido alguien.
Las plazas están repletas de esqueletos en ayuno,
de cuerpos que envejecen sin haber vivido.
Los semáforos cambian de color
como si a alguien le importara.
En el campo la muerte también cosecha,
siembra nombres sin epitafios,
riega los surcos con el hambre de los que nunca salieron
y recita plegarias en una lengua
que nadie recuerda.
La existencia es un café frío,
una radio que repite la misma canción gastada,
un poema nunca escrito
porque a nadie le importa lo suficiente.
¿Para qué gritar si el eco está sordo?
¿Para qué rezar si Dios se largó sin pagar la cuenta?
Pero a veces…
cuando el viento tropieza con un papel en blanco,
cuando el último borracho pronuncia su única verdad,
cuando un niño juega a no saber que morirá,
parece que la vida parpadea un instante,
como si aún tuviera una broma guardada
para los que todavía no han saltado del tren.
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