Jaulas invisibles
Amar fue beber un veneno dulce en copas bendecidas por la costumbre. Nadie vio las rejas, pero mis manos sangraban al tocarlas. El amor llegó como un hechizo antiguo, con su lengua de fuego y promesas, me llamó libertad y me nombró prisionera. Hay jaulas que no hacen ruido: se cierran con besos, se sellan con juramentos, se vigilan con miedo. Yo ardía— no de gozo, sino de exceso. La carne embrujada pedía cielo y la moral, con su látigo invisible, me enseñaba a bajar los ojos. ¡Qué agonía la del deseo cuando ama más de lo permitido! El erotismo era una oración blasfema que recé de rodillas y desnudez interior, mientras el mundo contaba mis pecados como cuentas de un rosario ajeno. Amar así fue salvaje: no por la carne, sino por la verdad. Porque quise sin pedir perdón, porque sentí sin domesticar el pulso, porque no supe fingir mansedumbre. La libertad del amor no está en huir del otro, sino en romper el cerco moral que llama pecado a lo que arde y virtud a lo que se marchita. Hoy rompo...