Oración de los condenados
Somos los hijos de la noche,
náufragos de un Dios ebrio y sin memoria,
sombras errantes en la carroña del alba,
despojos de un Edén incendiado
donde el musgo devora los rezos olvidados.
Hemos amado la ruina con labios de opio,
hemos besado la muerte con ojos de lumbre,
hemos vendido la fe por un sorbo de abismo,
y aún así, aún así,
el cielo nos desprecia con su resplandor impúdico.
Que el vino corra como un río de veneno,
que la carne estalle en la bruma del gozo,
que el insomnio mastique nuestros nombres
hasta que no quede más que un eco podrido
en los labios de los mendigos del tiempo.
Oh, ángeles caídos de alas mutiladas,
vagamos por cementerios de luz marchita,
somos los príncipes del fango y la fiebre,
los bufones de un Dios cruel y borracho
que juega a lanzarnos dados de plomo.
Que venga la peste con su manto de ratas,
que la luna nos alumbre como un burdel enfermo,
que la eternidad nos escupa a la cara
mientras reímos como locos sin alma,
como poetas que en su último aliento
beben su propia sangre
y maldicen el alba.
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