Cuando el Jaguar devora la Noche y el Universo Despierta
Hubo un tiempo en que éramos polvo errante,
esquirlas de un alba sin forma ni voz,
nacidos del soplo de mundos arcanos,
donde el agua murmura y la piedra recuerda.
Éramos sombras de un astro dormido,
nombres disueltos en labios de ancestros,
como el río que no busca su origen,
como el viento que no teme al abismo.
Los dioses nos vieron en su espejismo de oro,
nos tejieron con hilos de sol y tiniebla,
nos dieron la danza, el verbo y el fuego,
y en su pulso latente nos hicieron eternos.
Los códices de piedra hablaron en llamas:
"No eres tu carne, ni sombra, ni rostro,
sino un canto que arde en el pecho del cosmos,
un rezo que danza en la entraña del tiempo."
Entonces, en la raíz donde duerme el relámpago,
en la grieta donde el jaguar devora la noche,
las almas se alzaron como flechas de fuego,
buscando el secreto que habita en la Nada.
Shiva cantó en su tambor de trueno,
Brahma abrió su ojo de luz y ceniza,
y en el confín donde el Gran Silencio reposa,
el Todo y la Nada se hicieron uno.
Allí, en la vastedad de lo nunca nombrado,
donde el Cóndor y la Serpiente se abrazan,
donde la Luna derrama su madreperla,
fuimos centellas en la marea del Cielo.
Las estrellas nos dieron su verbo sagrado,
los astros su danza, los montes su sueño,
y en el ojo del Jaguar, donde mora el misterio,
bebimos del cántaro de lo Innombrable.
Más allá del aliento de los dioses dormidos,
en la grieta donde la eternidad se disuelve,
contemplamos el todo en su puro vacío,
y el universo despertó en nuestro último suspiro.
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