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Mostrando entradas de febrero, 2025

El vértigo de la creación

  Su boca es la grieta donde el universo exhala su primer aliento, el origen de la sed y del grito, la cuna donde la eternidad se pliega en un instante. Nuestros besos son cenizas de estrellas, sombras de soles extinguidos, relámpagos breves donde la carne se disfraza de inmortalidad. Sus ojos no miran, revelan: son la luz cósmica de Dios atrapada en la pupila, el ojo de un tiempo que no pasa, el reflejo de lo que no puede ser poseído. En ellos arde el amor, esa fiebre sin causa, ese misterio de la evolución donde lo efímero se imagina eterno, donde el temblor de la carne se confunde con la geometría sagrada. El tiempo… Esa ironía mortal, ese reloj sin manecillas que nos mira desde adentro, que se ríe con una boca infinita, que nos talla con manos invisibles, que nos devora mientras nos mece, y nos canta una melodía sin partitura, siempre presente, siempre antigua, siempre transformándose en el abismo donde Dios se desvela y la nada se arropa en nombres...

El incendio que nunca fue mío, pero ardió en mi sangre

Te busqué en todas partes, en los silencios que dejabas en la mesa, en la piel tibia de las madrugadas cuando aún dormías y yo me quedaba despierto, mirándote como si en ese instante pudiera hacerte eterna. Te quise como se quiere lo imposible, con la absurda certeza de que el amor podía domesticar el viento, de que el roce de mis manos sería suficiente para sembrar raíces en tus pasos errantes. Pero no eras mía. Y lo supe desde el primer día, desde aquella vez en que tus ojos miraron más allá de mí, como quien ya pertenece al horizonte, como quien solo está de paso aunque el alma le grite que se quede. No eras mía, porque nunca lo fuiste, porque hay cuerpos que se dejan abrazar pero no se dejan habitar. Porque hay almas que nacen con alas y el amor no es jaula, ni contrato, ni promesa escrita en piedra. Eras de la vida, del azar que nunca pide permiso, de la brisa que besa todas las costas pero nunca se queda. Eras de las calles que no recorrí contigo, de los viajes donde yo no estaba...

Eternidad en el Vuelo

  Rap Yo… Aquí donde los muertos conversan con el viento, donde las sombras fuman y beben del tiempo, donde el destino es un puto chiste mal contado, y el amor un disparo con silenciador integrado... Cegueras transitorias, certezas fantasmagóricas, como cartas marcadas en noches psicotrópicas, mi sombra me sigue como un chisme en el barrio, la vida es un reloj sin manecillas, solo fallos. En el burdel de mis latidos morí con tus gemidos, fue un pacto suicida entre el deseo y el olvido, suspiros satánicos robaron mi cielo, y me dejaron en la cuerda floja con el miedo. Humo y vino a mis ojos le dieron, el aliento, el oxígeno, renacer en el fuego... Dejé la cama y el duelo, para elevar mi canto y silenciar los miedos. Caminos nuevos recordaron las travesías, de viejos ancestros que en tierras baldías, se lanzaron a la aventura sin temerle al fin, porque el que vuela sin miedo, no teme morir. Yo sigo, aunque me arrastre la brisa del tiempo, aunque la vida me quite y me deje en suspenso...

Cuando el Jaguar devora la Noche y el Universo Despierta

  Hubo un tiempo en que éramos polvo errante, esquirlas de un alba sin forma ni voz, nacidos del soplo de mundos arcanos, donde el agua murmura y la piedra recuerda. Éramos sombras de un astro dormido, nombres disueltos en labios de ancestros, como el río que no busca su origen, como el viento que no teme al abismo. Los dioses nos vieron en su espejismo de oro, nos tejieron con hilos de sol y tiniebla, nos dieron la danza, el verbo y el fuego, y en su pulso latente nos hicieron eternos. Los códices de piedra hablaron en llamas: "No eres tu carne, ni sombra, ni rostro, sino un canto que arde en el pecho del cosmos, un rezo que danza en la entraña del tiempo." Entonces, en la raíz donde duerme el relámpago, en la grieta donde el jaguar devora la noche, las almas se alzaron como flechas de fuego, buscando el secreto que habita en la Nada. Shiva cantó en su tambor de trueno, Brahma abrió su ojo de luz y ceniza, y en el confín donde el Gran Silencio reposa, el Todo y la Nada se hi...

Julieta, el Delirio de los Dioses Muertos

  Bajo cielos estériles, donde la virtud yace extinta, en el osario del dogma y la ceniza de lo sagrado, se alza Julieta, vértice del goce y la ruina, furia encarnada en la carne que se sabe infinita. No hay cielo que la contenga ni infierno que la reclame, es ella la que dicta las leyes del abismo, la que arranca la venda de los ojos de los necios y enseña que la culpa es un esputo en la boca del esclavo. ¡Oh, Julieta! ¿Acaso la piedad no es una excusa mezquina? ¿Acaso el amor no es la mentira de los débiles? Que tiemblen los santos, que lloren los profetas, porque su vulva es un altar sin redención. Su piel es la música de lo que jamás podrá nombrarse, un salmo sin Dios, un evangelio sin mártires, su vientre, una espiral donde el cosmos se repliega, donde la eternidad se masturba con sus propias cenizas. Los hombres llegan a su lecho como bestias sedientas, como filos que buscan una carne que los absuelva, y Julieta, con la fiereza de la tierra tras la tormenta, los despoja de su...

La mata del descaro

  Creció entre los resquicios de la cordura, alimentada por el delirio de los siglos, sus raíces perforaban la memoria como cuchillos hundiéndose en la carne del olvido. La vi brotar en el balcón donde amanecimos dioses, donde la luna y el sol trazaron los designios de nuestra materia fugitiva. Era una carcajada vegetal, un insulto a la muerte en cada hoja desnuda. Nosotros la regamos con el sudor de la vigilia, con el abismo impreso en las yemas de los dedos, con el amor que se ríe de sí mismo antes de saltar al precipicio. Allí, entre la sombra del ángel y el aliento del monstruo, aprendimos a nombrar lo innombrable, a amar lo que se consume en su propia hoguera, a renacer de lo marchito sin pedirle permiso al tiempo. La mata del descaro se retorcía, burlona y sagrada, como un dios suicida que juega con su eternidad. Nosotros, despojados de la vergüenza del mundo, le ofrecimos la última risa, ese destello insolente que hace temblar hasta a los dioses. Y cuando todo terminó, cuand...

Vi marchitarse la millonaria

  Vi marchitarse la millonaria como se desploman las ciudades invisibles bajo el peso de un sueño que ha despertado. Sus hojas, lenguas verdes deshaciéndose en aire, murmuraban historias que solo la luz podía leer. Nosotros, arquitectos de un ritual sin nombre, dibujábamos constelaciones en los azulejos del balcón, esperando que la luna nos respondiera con la exactitud de un oráculo dormido. El tiempo nos resbalaba por los párpados, cada amanecer era un susurro de arena y cada anochecer, un espejo donde nos desdoblábamos hasta ser nadie. Nos reconocimos en el reflejo de un relámpago y en la geometría absurda de los relojes líquidos. Pero un día, la millonaria dejó de beber el aliento del cielo, su savia se volvió una letanía de invierno y sus raíces olvidaron el lenguaje de la tierra. Entonces supe que todo era un juego de transparencias, que la materia nos había traicionado y que la eternidad se había fugado por la grieta de una palabra no dicha. Así nos despedimos, con la risa de...

El amor en la boca del abismo

  Temblé, sí. Temblé como tiemblan los astros cuando el caos los devora y se tragan a sí mismos en la fiebre del infinito. Creí que la carne cedería, que mi espíritu sería polvo en su risa, pero lo que encontré fue más atroz, más hermoso que el miedo mismo. No era horror lo que ardía en sus ojos, sino un fulgor antiguo, una llama que consumía sin destruir, que devoraba la forma para dejar solo la esencia. Y entonces lo supe. No hay mayor pavor que el amor ante lo incomprensible. La devoción de quien se entrega a aquello que el mundo teme nombrar. ¿Cómo no amar lo que se consume en su propia pureza? ¿Cómo no amar lo que es pérdida, lo que se abandona sin resistencia, lo que danza con la nada y la vuelve canto? Así lo vi desaparecer, absorbiendo su propio nombre, tragándose su divinidad como un dios suicida que entiende que la eternidad es una trampa. Y allí, en las ruinas de su ser, donde el horror debía haberme quebrado, donde el fin prometía la sombra...

El ángel detrás del monstruo

  Atravesé la sombra donde los dioses olvidados se ocultan tras los velos de la cordura. Las ciudades se derrumbaban a mi paso, como si el tiempo no fuera más que una farsa, una broma insípida de arquitectos ciegos. Lo vi en el centro del abismo, su risa era un laberinto sin salida, su mirada, un océano donde se ahogaban las plegarias de los que aún creían en la luz. Era el monstruo, el gran arcano de la carne y la pesadilla, un titán de fauces ávidas, de ojos donde giraban los astros sin rumbo. Pero en su frente palpitaba un fulgor extraño, un resplandor ajeno a la podredumbre del mundo. Y entonces comprendí… no era la bestia el horror supremo, sino la máscara que le impusimos para no ver su verdad desnuda. Detrás de sus garras, donde la razón se inmola en su propio altar, habitaba el ángel que nos negamos a ver. Su voz era un murmullo antiguo, un lenguaje olvidado por los primeros hombres. —He aquí la verdad, dijo. No hay orden ni justicia en este mundo, solo el caos inmaculado, ...

Renaciendo de tu abismo

  Morí en tus manos, como muere el río en el mar sin saber que el naufragio es apenas otra forma del viaje. Te amé con la furia de quien incendia su propia casa solo para ver danzar las llamas, solo para probar la ceniza en los labios y descubrir que el fuego nunca es nuestro. Y caí, como cae la fe en la lengua del escéptico, como se desploman las catedrales cuando el viento las olvida. Pero el abismo no es el final, sino la fragua donde se funden los huesos. He aprendido que la muerte es solo un parpadeo largo y que la vida insiste, como la hierba entre las ruinas. Así vuelvo, con la piel hecha cicatriz y relámpago, con la mirada de quien vio el otro lado y decidió quedarse en la tormenta. Vuelvo a la tierra con las manos vacías pero con un nuevo verbo en los labios: crear , como quien renace de su propia sombra y la convierte en luz.

Algún día entenderás

  Algún día entenderás, cuando el sol queme las dudas de la carne y la conciencia, esa sierpe dormida, se enrosque en su propio abismo. Ya no habrá sueño eterno, porque el tiempo es una broma cruel y la muerte solo un espejo que se ríe de los ilusos. Caminamos con pies de barro por senderos que no llevan a ninguna parte, pero, ¿no es acaso el extravío la única forma de la evolución? Renace el que se pierde, vive el que muere a cada instante, y yo, desde esta orilla de viento y ceniza, te digo que el infinito es solo una palabra que olvidamos inventar. Algún día entenderás, cuando la vigilia te arranque la venda y veas que Dios es apenas una carcajada en la boca del vacío.

Cables Cruzados

  Por senderos de sombra y ceniza avanzo, donde el mundo ha cambiado su sangre por oro, donde las almas no pesan más que un dígito, y la luz no es más que un reflejo de la usura. Aquí yace la hermandad, sepultada bajo torres de vidrio y acero, un cadáver aún tibio en la fosa del progreso. Oh, ciudades de humo y mentira, vuestra gloria es polvo en la balanza de los dioses, vuestros templos, catedrales al vacío. Las madres olvidan su canto por un salario, los padres son espectros en madrugadas perpetuas, los hijos vagan en laberintos de luz fría, sin patria, sin historia, sin labios que nombren la aurora. La belleza, antaño diosa, ha sido ultrajada en los mercados, su carne dividida en números y códigos, sus ojos arrancados por el hambre de los necios. Oh, ruinas eléctricas, oh, mundo sin alma ni latido, tu esplendor es la podredumbre, tu riqueza es la llaga del hombre. Mas en la grieta de la roca una flor insomne desafía el abismo, una ráfaga de viento aún ...

El puente y la sombra

No hay caminos, solo huellas que se desvanecen antes de ser memoria. No hay regreso, porque nunca partimos, y el destino es apenas un nombre para aquello que nunca fuimos. El puente me llama con su piedra antigua, con su promesa de un más allá sin rostro. Debajo, el río fluye sin pasado, sin reflejos, sin testigos, como si la realidad fuese solo un error de la luz al tocar la materia. Pienso en la ciudad, en las calles que alguna vez fueron mías, en los rostros que supe amar y que ahora existen solo en la nostalgia de una mente cansada de recordar. Pienso en Isabela, y en cómo su risa se perdió entre las estaciones que no quise vivir. ¿Pero qué es el amor sino un puente roto, un intento fallido de cruzar al otro lado y descubrir que nada cambia, que siempre somos los mismos extraños en el mismo mundo ajeno? Doy un paso. El viento no pregunta, la noche no espera. Doy otro paso. Y en el instante final, antes de que la sombra me trague, comprendo que jamás existí del todo, que fui solo un...

Oración de los condenados

  Somos los hijos de la noche, náufragos de un Dios ebrio y sin memoria, sombras errantes en la carroña del alba, despojos de un Edén incendiado donde el musgo devora los rezos olvidados. Hemos amado la ruina con labios de opio, hemos besado la muerte con ojos de lumbre, hemos vendido la fe por un sorbo de abismo, y aún así, aún así, el cielo nos desprecia con su resplandor impúdico. Que el vino corra como un río de veneno, que la carne estalle en la bruma del gozo, que el insomnio mastique nuestros nombres hasta que no quede más que un eco podrido en los labios de los mendigos del tiempo. Oh, ángeles caídos de alas mutiladas, vagamos por cementerios de luz marchita, somos los príncipes del fango y la fiebre, los bufones de un Dios cruel y borracho que juega a lanzarnos dados de plomo. Que venga la peste con su manto de ratas, que la luna nos alumbre como un burdel enfermo, que la eternidad nos escupa a la cara mientras reímos como locos sin alma, como poet...

El Ojo del Amor

  Nadie en San Jerónimo podía explicar con certeza cómo fue que se conocieron Daniel y Ana. A veces, en las noches de aguacero, los ancianos decían que él venía del páramo, con las manos curtidas por el frío de los cafetales, y ella de la ciudad, con los ojos llenos de libros y promesas incumplidas. Pero los que los vieron juntos la primera vez recuerdan algo más extraño: que al verse, antes de pronunciar palabra alguna, se miraron con tal intensidad que parecía que ya sabían algo del otro, como si se hubieran amado en otra vida o en un sueño compartido. El pueblo estaba partido entre dos mundos. Las montañas, donde el verde era más viejo que la memoria, guardaban los secretos de quienes sabían leer las sombras de los árboles. Y el centro urbano, con sus calles vibrantes y su bullicio mecánico, era un laberinto de espejismos donde la prisa devoraba la nostalgia. Ana, que creció entre avenidas y escaparates, sentía que la ciudad la alejaba de sí misma, como si la hubieran diseñado...

Las horas de la espera

La noche se pegaba a las paredes, viscosa como un sudario dejado al descuido. Desde mi asiento, aguardaba la llegada de alguien, de alguno, aunque ya no sabía si era un nombre o una silueta lo que esperaba. Nadie vino. Me quedé a la deriva en una ausencia que no elegí, como un muñeco que alguien olvidó en el rincón más oscuro de la casa. Al día siguiente, repetí el ritual sin entusiasmo: habité las horas con una torpeza mecánica, y cuando la noche volvió, busqué otro punto donde anclar mi espera. Esta vez me senté en la puerta de Rosario. Apenas dos metros separaban su cuarto del mío, pero hay distancias que no se miden con números, sino con el peso de lo no dicho. Recuerdo el día en que Rosario me dijo que me amaba. Fue el único instante de mi existencia que no me resulta repugnante. Todo lo demás lo aborrezco. Aquel día fue como un paréntesis en la cadencia inmisericorde de los relojes. Rosario me miraba con la certeza de quien ha encontrado un secreto y teme perderlo. Sus ojos, negr...

Los engranajes del amanecer

   Hoy es un día que estuvo en el sueño de un dios fatigado que ignora su edad, un día cualquiera, un reflejo pequeño en el vasto cristal de la eternidad. El insomnio ha abierto la puerta del tiempo, la sombra del mundo se pliega en su azar, los astros repiten un viejo argumento, la luz es un pacto que vuelve a empezar. Somos la cifra de un fuego distante, el rostro indecible que nadie miró, la arena sin dueño, la estirpe errante de un libro que nunca su autor escribió. Los cielos observan con ojos antiguos la misma odisea de ser y morir, y el caos que acecha con sueños ambiguos es solo otro rostro del mismo existir. Nos ciega el ocaso y luego nos siembra, la aurora nos prende con su claridad, así se suceden, en vieja contienda, las máscaras breves de la realidad. Hoy es un día que fue en otro siglo, un día perdido en un círculo más, somos los dados que lanzan los dioses, somos el vino que ansía el jamás.

El último bostezo de Dios

  He olvidado el nombre del alba, suavemente he dejado de existir. Las calles bostezan su tedio de neón fundido, y la ciudad escupe su aliento rancio en las almas que mendigan un cigarro y un destino. Todo se ha vuelto un bostezo eterno, una resaca sin noche anterior, un tren fantasma que atraviesa los huesos de los que nunca aprendieron a morir bien. Dios ya no tiene rostro ni oficinas abiertas, cerró su negocio por quiebra y dejó el mundo girando sin testamento. Los que aún caminan por estas ruinas son cadáveres con cita pendiente, sombras con la nostalgia de haber sido alguien. Las plazas están repletas de esqueletos en ayuno, de cuerpos que envejecen sin haber vivido. Los semáforos cambian de color como si a alguien le importara. En el campo la muerte también cosecha, siembra nombres sin epitafios, riega los surcos con el hambre de los que nunca salieron y recita plegarias en una lengua que nadie recuerda. La existencia es un café frío, una radio que repite la misma canción gas...

Los que siembran en la nada

El bus se detuvo en seco, sin motivo aparente. El chofer no apagó el motor, solo miró por el espejo retrovisor y escupió las palabras con la misma indiferencia con la que se sacude el polvo de los zapatos. —Hasta aquí llegamos. Luis bajó con la mochila al hombro. Atrás, una mujer con un niño dormido en su regazo ni siquiera se movió, como si entendiera que no había a dónde más ir. Un anciano mascaba tabaco sin apurarse, como si cada segundo masticado fuera una prórroga contra lo inevitable. El pueblo lo recibió como lo hacen los lugares donde la guerra ha pasado tantas veces que ya nadie se molesta en contar las ruinas. La maleza se alzaba donde alguna vez hubo caminos, y las casas, de pie por mera inercia, eran esqueletos sin alma. La suya seguía en el mismo sitio, pero parecía un cuerpo abandonado al sol. Había polvo en los retratos, en los muebles, en las historias que su padre había dejado suspendidas en el aire. El campo también estaba muerto. La tierra, endurecida por el tiem...