El vértigo de la creación
Su boca es la grieta donde el universo exhala su primer aliento, el origen de la sed y del grito, la cuna donde la eternidad se pliega en un instante. Nuestros besos son cenizas de estrellas, sombras de soles extinguidos, relámpagos breves donde la carne se disfraza de inmortalidad. Sus ojos no miran, revelan: son la luz cósmica de Dios atrapada en la pupila, el ojo de un tiempo que no pasa, el reflejo de lo que no puede ser poseído. En ellos arde el amor, esa fiebre sin causa, ese misterio de la evolución donde lo efímero se imagina eterno, donde el temblor de la carne se confunde con la geometría sagrada. El tiempo… Esa ironía mortal, ese reloj sin manecillas que nos mira desde adentro, que se ríe con una boca infinita, que nos talla con manos invisibles, que nos devora mientras nos mece, y nos canta una melodía sin partitura, siempre presente, siempre antigua, siempre transformándose en el abismo donde Dios se desvela y la nada se arropa en nombres...