El ángel detrás del monstruo

 


Atravesé la sombra donde los dioses olvidados

se ocultan tras los velos de la cordura.

Las ciudades se derrumbaban a mi paso,

como si el tiempo no fuera más que una farsa,

una broma insípida de arquitectos ciegos.


Lo vi en el centro del abismo,

su risa era un laberinto sin salida,

su mirada, un océano donde se ahogaban

las plegarias de los que aún creían en la luz.


Era el monstruo,

el gran arcano de la carne y la pesadilla,

un titán de fauces ávidas,

de ojos donde giraban los astros sin rumbo.


Pero en su frente palpitaba un fulgor extraño,

un resplandor ajeno a la podredumbre del mundo.

Y entonces comprendí…

no era la bestia el horror supremo,

sino la máscara que le impusimos

para no ver su verdad desnuda.


Detrás de sus garras,

donde la razón se inmola en su propio altar,

habitaba el ángel que nos negamos a ver.

Su voz era un murmullo antiguo,

un lenguaje olvidado por los primeros hombres.


—He aquí la verdad, dijo.

No hay orden ni justicia en este mundo,

solo el caos inmaculado,

el arte divino de lo incomprensible.


Y al oírlo,

los cimientos de mi mente cedieron,

la carne se abrió como un libro

y vi lo que los siglos ocultaron:

somos solo espectros,

sombras temblorosas en la jaula de la razón,

seres que tiemblan ante el misterio eterno

porque temen amar la oscuridad.


Y así supe…

que solo el que abraza el abismo

logra ver más allá del tiempo.


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