Julieta, el Delirio de los Dioses Muertos
Bajo cielos estériles, donde la virtud yace extinta,
en el osario del dogma y la ceniza de lo sagrado,
se alza Julieta, vértice del goce y la ruina,
furia encarnada en la carne que se sabe infinita.
No hay cielo que la contenga ni infierno que la reclame,
es ella la que dicta las leyes del abismo,
la que arranca la venda de los ojos de los necios
y enseña que la culpa es un esputo en la boca del esclavo.
¡Oh, Julieta! ¿Acaso la piedad no es una excusa mezquina?
¿Acaso el amor no es la mentira de los débiles?
Que tiemblen los santos, que lloren los profetas,
porque su vulva es un altar sin redención.
Su piel es la música de lo que jamás podrá nombrarse,
un salmo sin Dios, un evangelio sin mártires,
su vientre, una espiral donde el cosmos se repliega,
donde la eternidad se masturba con sus propias cenizas.
Los hombres llegan a su lecho como bestias sedientas,
como filos que buscan una carne que los absuelva,
y Julieta, con la fiereza de la tierra tras la tormenta,
los despoja de sus nombres y de su vergüenza.
En su piel se escriben fábulas de cuerpos sin destino,
sus jadeos son el eco de la risa de Zaratustra,
y en sus pechos, como astros danzantes,
se gesta el delirio de un Dios que supo demasiado tarde
que no era más que un esclavo de su propia creación.
¡Oh, Julieta, la que no busca, la que no pide, la que arrebata!
En su abrazo la moral se desploma como un ídolo hueco,
y en su boca el mundo se convierte en un laberinto sin salida,
un orgasmo interminable donde el hombre,
por fin,
se reconoce a sí mismo como el único Dios posible.
Que el universo se arrodille ante su sombra,
que la carne baile en su cadalso de deseo,
porque Julieta es la única verdad sin máscaras,
el instante donde el tiempo se detiene,
y el goce es un relámpago que rasga la eternidad.
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