Sinfonía en Gris y Negro
Fue en una tarde de aquellas que parecen lánguidas agonías de seda, entre el olor a cera derretida y el terciopelo de los féretros, cuando aconteció la ironía de mi nacimiento; un despertar que tuvo la impertinencia de ocurrir allí, donde la vida se rinde, como una flor de lis brotando en el fango de un sepelio. Supe entonces —con esa lucidez que es la peor de las cegueras— que los demonios son seres de una sensibilidad exquisita: aman el desastre con la devoción de un esteta, y encuentran en la demolición de la esperanza una armonía más perfecta que la que habita en las rimas de los poetas mediocres. La noche no era un fenómeno del cielo, sino una prolongación de mi alma, una sombra que se negaba a sucumbir ante la luz vulgar. Y en ese silencio de alcoba vacía, comprendí la ironía eterna, ese fardo de seda y plomo que es saber lo que uno desearía ignorar para siempre: que la vida es un baile de máscaras donde los hilos los mueve una mano invisible y gélida. Es el dilema de la ri...