El amor en la boca del abismo
Temblé, sí.
Temblé como tiemblan los astros
cuando el caos los devora
y se tragan a sí mismos en la fiebre del infinito.
Creí que la carne cedería,
que mi espíritu sería polvo en su risa,
pero lo que encontré fue más atroz,
más hermoso que el miedo mismo.
No era horror lo que ardía en sus ojos,
sino un fulgor antiguo,
una llama que consumía sin destruir,
que devoraba la forma
para dejar solo la esencia.
Y entonces lo supe.
No hay mayor pavor
que el amor ante lo incomprensible.
La devoción de quien se entrega
a aquello que el mundo teme nombrar.
¿Cómo no amar lo que se consume en su propia pureza?
¿Cómo no amar lo que es pérdida,
lo que se abandona sin resistencia,
lo que danza con la nada y la vuelve canto?
Así lo vi desaparecer,
absorbiendo su propio nombre,
tragándose su divinidad
como un dios suicida que entiende
que la eternidad es una trampa.
Y allí, en las ruinas de su ser,
donde el horror debía haberme quebrado,
donde el fin prometía la sombra final,
yo amé.
Amé lo que se consumía,
amé su rendición ante el abismo,
amé su latido ahogado en la negrura,
porque comprendí que el amor es esto:
perderse,
ser ceniza,
arder sin promesas
y aún así sonreír.
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