La mata del descaro
Creció entre los resquicios de la cordura,
alimentada por el delirio de los siglos,
sus raíces perforaban la memoria
como cuchillos hundiéndose en la carne del olvido.
La vi brotar en el balcón donde amanecimos dioses,
donde la luna y el sol trazaron
los designios de nuestra materia fugitiva.
Era una carcajada vegetal,
un insulto a la muerte en cada hoja desnuda.
Nosotros la regamos con el sudor de la vigilia,
con el abismo impreso en las yemas de los dedos,
con el amor que se ríe de sí mismo
antes de saltar al precipicio.
Allí, entre la sombra del ángel y el aliento del monstruo,
aprendimos a nombrar lo innombrable,
a amar lo que se consume en su propia hoguera,
a renacer de lo marchito
sin pedirle permiso al tiempo.
La mata del descaro se retorcía,
burlona y sagrada,
como un dios suicida que juega con su eternidad.
Nosotros,
despojados de la vergüenza del mundo,
le ofrecimos la última risa,
ese destello insolente
que hace temblar hasta a los dioses.
Y cuando todo terminó,
cuando el naufragio fue absoluto
y la luz mordió la sombra
en un beso sin retorno,
la vi florecer.
Descarada, insomne,
devorando la realidad con su voracidad de fuego,
como si supiera
que la única verdad
es la que se atreve a arder.
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