El vértigo de la creación
Su boca es la grieta donde el universo exhala su primer aliento,
el origen de la sed y del grito,
la cuna donde la eternidad se pliega en un instante.
Nuestros besos son cenizas de estrellas,
sombras de soles extinguidos,
relámpagos breves donde la carne
se disfraza de inmortalidad.
Sus ojos no miran, revelan:
son la luz cósmica de Dios atrapada en la pupila,
el ojo de un tiempo que no pasa,
el reflejo de lo que no puede ser poseído.
En ellos arde el amor,
esa fiebre sin causa,
ese misterio de la evolución
donde lo efímero se imagina eterno,
donde el temblor de la carne
se confunde con la geometría sagrada.
El tiempo…
Esa ironía mortal,
ese reloj sin manecillas que nos mira desde adentro,
que se ríe con una boca infinita,
que nos talla con manos invisibles,
que nos devora mientras nos mece,
y nos canta una melodía sin partitura,
siempre presente,
siempre antigua,
siempre transformándose
en el abismo donde Dios se desvela
y la nada se arropa en nombres humanos.
Pero la muerte…
ah, la muerte es la última carcajada,
la maldita verdad disfrazada de silencio,
la eterna frustración del que quiso tocar la eternidad
con manos de barro y sueño.
Ella, la inerte creación,
la miseria inmortalizada en cada sombra,
la jugadora infame que nos enseña a perderlo todo
antes de saber que nunca tuvimos nada.
Devoradora de luz,
destrucción profunda,
pero también la única puerta
que nos permite nacer otra vez.
Y entonces, cuando todo es ceniza,
queda la poesía,
ese destino final donde la materia aprende a volar,
ese viaje al más allá que ocurre dentro del pecho,
la conexión cósmica y primigenia
donde el verbo se hace cosmos
y el cosmos se hace carne.
Es el eterno resplandor
donde el tiempo se rinde y la muerte se quiebra,
fuego antiguo que arde sin cuerpo,
magia inolvidable que no busca recordar.
Es diálogo con Dios en un idioma sin palabras,
conquista olvidada por los que temen mirar al infinito.
Es el despertar natural de quien muere cada noche
y resucita en cada palabra.
Ahí está la verdad máxima,
suspendida entre el aliento y la palabra,
entre la pupila y la luz,
entre el beso y la ceniza.
El universo cabe en un instante
y la vida es solo el vértigo
de ser eternos por un segundo.
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