Viajes en el tiempo

 El alma, cansada de su sombra,

conoce la gravedad del infinito
como quien lame el hierro oxidado de un candado celestial.
Y con su lengua de fuego inocente
desgaja los muros que la carne inventa
para simular evolución bajo la máscara del encierro.

Nos arrastra una alquimia sucia:
somos el barro de un dios ebrio,
una mezcla impura que intenta recordar
la unidad perdida,
pero a veces,
es la tragedia la que ríe mejor.

Cada día,
el mundo destila su veneno más fino,
una intoxicación dulce que duerme los sentidos,
que deforma las estaciones del alma
y deja caer hongos radioactivos
sobre las arterias del planeta.

Pero aún hay medicina,
y no está en los frascos del progreso,
sino en la podredumbre que canta:
seamos agua estancada que se sueña río,
viento oscuro que acaricia sin permiso,
una noche que no le debe nada a la luz,
una estrella que se suicida para brillar.
Seamos la risa de un cadáver en paz.

Ser humano es pactar con la astucia,
ser estrategas de lo inútil,
cuidar con inteligencia la llama enferma
de la conciencia rota.
Crear no para avanzar,
sino para incendiar los tronos de lo estéril.

Este es el tiempo del espejo manchado,
la tierra que no quiere testigos,
la época del grito mudo.
Y aún así,
desde el fondo de este pozo,
una voz nos llama con el aliento de la herida:
la belleza que duele
sigue siendo revolución.

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