El Instante Supremo



Bajo el giro insondable de esferas eternas,  

los siglos tejen y destejen su luz en la sombra.  

Yo, peregrino de polvo y enigma,  

hallé un día el umbral 

que ningún nombre nombra.  


Algo quedó suspendido en el aire del tiempo,  

como un eco de la primera sílaba del mundo.  

Río en la lengua del abismo originario,  

donde el caos y el verbo aún son uno.  


Es la aventura prodigiosa:  

rasgar el velo de lo aparente,  

reducir el cosmos a un parpadeo,  

y oír en el vacío la música de lo ausente.  


Allí, donde la materia se desdobla  

como un pétalo de eternidad,  

habita el idioma que no se escribe:  

la respuesta tallada en la oscuridad.  


Sacrificio es escalar la cima invisible,  

beber del silencio que quema y alumbra.  

Solo los sabios que han mordido el relámpago  

vuelven con el secreto que funda y derrumba.  


Traducir lo intransmisible es el arte supremo:  

el instante extremo donde todo es nada,  

y la Nada, un diamante girando en la palma  

de aquel Dios que sueña tras cada mirada.  


—Oh, perenne paradoja: 

el éxtasis que desgasta,  

la verdad que se esconde tras su propia llama.  

El universo es un jeroglífico ardiente,  

y nosotros, las chispas que lo leen... 

y lo olvidan.

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