Carta a quien alguna vez creyó en el cambio
A ti, que saliste de la universidad con el corazón lleno de ideas y la mente afilada por el pensamiento crítico,
No hay peor golpe que el de la realidad cuando te recibe sin brazos abiertos, cuando los sueños que construiste con pasión se encuentran con un mundo que no los necesita, que los ve como amenazas, que los ignora con la misma frialdad con la que ignora el dolor de los demás.
Nos dijeron que la educación nos haría libres, que el conocimiento nos permitiría transformar lo que nos rodea. Y aquí estamos, llenos de preguntas y argumentos, pero atrapados en una realidad que no escucha, que no dialoga, que se mueve bajo las leyes del dinero, la ambición y la indiferencia. No es la democracia que imaginamos en las aulas, no es la justicia que defendimos en ensayos y debates. Es otra cosa, algo más rancio, más viejo, más podrido.
El mundo de afuera no funciona con la lógica del cambio, sino con la del miedo. Miedo a perder, miedo a ser diferente, miedo a cuestionar demasiado. Nos dijeron que el conocimiento era poder, pero no nos advirtieron que el poder real no le interesa el conocimiento, sino la sumisión.
Y luego está el otro dolor, el que viene de lo más cercano, de lo que debía ser refugio. La familia, que no siempre es hogar, que a veces es ruina, distancia, heridas no cerradas. Las decisiones del pasado pesan como una piedra sobre el presente, separando lo que alguna vez fue unido, dejando vacíos que nadie sabe cómo llenar. No se habla, no se sana, solo se arrastra, solo se sobrevive.
Es difícil no perderse en este escenario donde el amor es una moneda más, donde la ambición dicta las reglas, donde los valores que defendimos parecen ridículos ante la maquinaria del mundo. Pero no quiero rendirme. No quiero que la tristeza sea el único lenguaje en el que nos entendamos.
Anhelo una vida donde el respeto no sea una excepción, donde la alegría no sea un acto de resistencia, donde vivir sin miedo sea algo más que un privilegio. Una vida tranquila, no en el sentido de la comodidad vacía, sino de la paz que nace de la dignidad, de saber que no traicionaste lo que eras, de saber que, aunque todo parezca decir lo contrario, aún hay esperanza.
Porque aunque el mundo nos golpee con su dureza, aunque la decepción sea una sombra larga, quiero seguir creyendo que hay algo más allá de este desastre. Que en algún rincón, en alguna persona, en alguna historia aún no escrita, la verdad sigue viva.
Con el peso de la realidad y la terquedad de la esperanza,
Alguien que aún resiste
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