Carta desde la sombra de un mundo enfermo


A los que aún sienten,

La historia nos ha traído hasta aquí con la promesa de un mundo mejor, pero ¿qué vemos a nuestro alrededor? Ruinas disfrazadas de progreso, rostros que han olvidado su brillo, cuerpos sometidos a la enfermedad de la codicia. Nos han hecho creer que avanzamos, cuando en realidad nos hemos desangrado en cada paso. Hemos sido arrancados de la Tierra, desconectados de su latido, empujados hacia un abismo donde el amor es maltratado y la vida se reduce a una transacción.
Se nos impuso una fe extranjera, un dios de castigos y contradicciones que prometía salvación mientras justificaba la esclavitud, la guerra y la avaricia sin límites. Un dios que calla ante la injusticia y que ha sido moldeado a conveniencia de los poderosos. Mientras tanto, la medicina de nuestros ancestros, aquella que sí escucha, que sí sana, que sí entiende el equilibrio de la vida, fue relegada a la sombra, perseguida, tachada de brujería, de herejía, de peligro.
Y así seguimos, con la ceguera de siglos, reproduciendo el mismo veneno, la misma destrucción. Nos arrodillamos ante templos de piedra mientras ignoramos la voz de los árboles y la sabiduría del río. Creemos en paraísos invisibles mientras despreciamos la tierra sagrada bajo nuestros pies. Tememos lo natural, lo ancestral, porque nos enseñaron a desconfiar de lo que no podían controlar. Nos programaron para rechazar la medicina que nos devuelve a nuestro centro, al Padre Sol, a la Madre Tierra, a los espíritus que nos guían en silencio.
Nos han despojado de nuestras raíces y, con ellas, de nuestro horizonte más bello y profundo. Nos han dejado vagar sin memoria, sin conexión, sin saber siquiera quiénes somos. Y en esta desorientación, seguimos enfermando, seguimos matando, seguimos destruyendo lo poco que queda puro.
Pero la verdad no desaparece, solo se oculta. Y aunque nos quieran distraídos y sometidos, aún quedan voces que recuerdan, aún hay manos que sanan, aún hay almas que buscan la senda perdida. La medicina ancestral no es un vestigio del pasado, es el puente a nuestro verdadero destino, el camino de regreso a lo que nunca debimos abandonar.
Que quienes aún sientan el llamado de la Tierra lo escuchen antes de que sea demasiado tarde. Que quienes aún recuerden, enseñen. Que quienes aún sueñen, resistan. Porque el mundo está enfermo, pero la cura siempre ha estado aquí, esperando que volvamos a verla.
Desde la impotencia y la esperanza,
Un alma que aún resiste

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