Mi estrella no depende del amor de una mujer

 


No es su sombra la que mide mis días,
ni su ausencia la que dicta el pulso de mis noches.
Mi estrella brilla sola,
ajena a los mapas del deseo y las ruinas del olvido.

No soy más que un hilo en la vasta urdimbre,
un reflejo efímero en la geometría del tiempo.
No busco en sus labios el azar de la dicha,
ni en su voz el eco de antiguos prodigios.

El amor es un símbolo errante,
una casa de espejos donde la imagen se dispersa.
Las promesas son un alfabeto roto,
palabras que el viento, implacable, deshace.

Como el Tao que fluye sin nombre ni causa,
como la flecha de Zenón que jamás llega a su blanco,
así transcurro, sin dueño ni destino,
testigo y laberinto de mi propia historia.

Déjala arder, indócil y pura,
sin ruegos, sin prisiones, sin manos que la toquen.
Mi estrella no depende del amor de una mujer,
porque es la cifra de un orden más alto,
y su luz no conoce más patria que el infinito.

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