Anatomía de la Sed
Aquí el aire es un cuerpo, un viejo fantasma que mastica el cristal de los adioses no dichos. La luz no cae del cielo, se desploma, es un ángel con las alas de yeso, roto en la frente de los niños. No caminas sobre ruinas, mi amigo, no te engañes, caminas sobre la tráquea de una casa que aún quería cantar, sobre el pulmón de un jardín que soñaba con naranjas y hoy tiene el hipo seco de la pólvora.
Porque la muerte aquí no es un punto final, es una elipsis... la caligrafía temblorosa que dejó una mano en el muro, buscando otra mano. Perder a un hijo no es un hueco, no, es volverse de pronto una campana rajada condenada a sonar con el timbre de su risa ausente. Cada cuerpo perdido es un nuevo verbo inventado: yo te Fátima, te extraño hasta la médula del pan; tú me Yusufas, me vuelas en el alma como una cometa en llamas.
Y el miedo... ah, el miedo. No es el trueno que llega, es el zumbido de abeja metálica que se anida en la sien. Es ese súbito interés por la forma de las grietas en el suelo, el arte de hacerse pequeño, de querer ser musgo, de envidiar la quietud de una piedra que ya lo ha visto todo. El silencio es un lago donde flotan las preguntas, y su orilla es la boca, prieta, sellada con la cera del espanto.
Pero escucha... acerca el oído a la herida del mundo y escucha. Hay un latido terco debajo del estruendo. Es la sangre que se niega a ser estadística, es la abuela que peina sus cabellos de ceniza y en ese gesto simple, sagrado, reconstruye la estirpe. Es la insurrección de un geranio que florece en una lata oxidada, pintando de rojo imposible el gris de la agonía. Nombrar es encender una vela en la garganta del huracán.
Por eso, no mires al cielo buscando una respuesta divina. Baja la vista. La esperanza es minúscula y tenaz. Es una semilla de olivo apretada en el puño de un muerto, esperando el calor de otra mano para ser tierra prometida. Es un niño que dibuja un sol con un trozo de carbón sobre el vientre de un misil dormido. No hay luz más grande que esa: la que aprende a nacer cuando le han robado todos los amaneceres.
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