La jaula invisible
Nos enseñaron a callar el grito,
a domar la furia del río en la sangre,
a vestir el llanto con sonrisas vacías,
a caminar recto, sin preguntar por qué.
Nos arrancaron el instinto,
nos cambiaron la piel por una máscara,
nos dijeron que el dolor es normal,
que amar es sufrir,
que la verdad es un arma
que es mejor no usar.
Nos hicieron mansos,
cuerpos dóciles en un rebaño sin alma,
miradas apagadas como faros muertos,
corazones que laten,
pero no arden.
Y así,
sin saberlo,
nos fuimos perdiendo en la niebla del mundo,
dejamos que la oscuridad se hiciera costumbre,
que el brillo más sagrado de Dios en la Tierra
se volviera un mito,
una luz que solo existe en los cuentos de los locos.
Pero aún queda algo en las sombras,
un resplandor escondido en las grietas,
un latido que no se deja domesticar.
Porque aunque la noche se haga dueña del cielo,
el fuego que olvidamos
sigue esperando el día en que despertemos.
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