Juan despertó con la certeza de haber vivido algo más que un sueño. No era un recuerdo, no era una nostalgia disfrazada de alucinación. Era otra cosa, una fisura en la realidad, un pliegue en el tiempo donde el destino jugaba con cartas que él no podía ver. Tatiana estaba allí. No en el mundo de los días, sino en ese otro reino donde el tiempo se diluye y las coincidencias dejan de ser azar. Estaba registrándose para una maestría o una especialización, escribiendo su nombre en un formulario que tenía la gravedad de un pasaporte a otro futuro. Lo hacía con la naturalidad de quien no se pregunta si su vida está bifurcándose en dos realidades distintas, y Juan, sin estar presente, lo supo. No la vio, pero sintió su voz en el destello de un mensaje. No era un mensaje cualquiera. No contenía noticias ni recuerdos, sino algo más esencial: la confirmación de que, en algún pliegue del universo, todavía se hablaban. "Estoy aquí", parecía decirle, aunque sin escribirlo con esas...
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