Juan despertó con la certeza de haber vivido algo más que un sueño. No era un recuerdo, no era una nostalgia disfrazada de alucinación. Era otra cosa, una fisura en la realidad, un pliegue en el tiempo donde el destino jugaba con cartas que él no podía ver. Tatiana estaba allí. No en el mundo de los días, sino en ese otro reino donde el tiempo se diluye y las coincidencias dejan de ser azar. Estaba registrándose para una maestría o una especialización, escribiendo su nombre en un formulario que tenía la gravedad de un pasaporte a otro futuro. Lo hacía con la naturalidad de quien no se pregunta si su vida está bifurcándose en dos realidades distintas, y Juan, sin estar presente, lo supo. No la vio, pero sintió su voz en el destello de un mensaje. No era un mensaje cualquiera. No contenía noticias ni recuerdos, sino algo más esencial: la confirmación de que, en algún pliegue del universo, todavía se hablaban. "Estoy aquí", parecía decirle, aunque sin escribirlo con esas...
Por Aethelred Kaelen La llaman la Era de la Discordia Sostenida. Un eufemismo elegante, casi poético, para el hedor a cordita rancia y el zumbido constante de los drones de vigilancia que se habían convertido en la banda sonora de la existencia. Las naciones, o lo que quedaba de sus orgullosas siluetas en los mapas holográficos, eran marionetas crispadas, sus hilos manejados por los invisibles pero omnipresentes consorcios del complejo militar-industrial. La guerra ya no era la continuación de la política por otros medios; era la política misma, un mercado floreciente donde las acciones subían con cada ciudad borrada del mapa y los dividendos se contaban en cráneos. El ingenio humano, esa chispa divina que nos alzó de las cavernas, había alcanzado su apoteosis perversa. No en el arte, ni en la filosofía, sino en la alquimia de la aniquilación. Cada generación de armamento era más sutil, más letal, más indiscriminada. Desde los enjambres de nanomáquinas que devoraban la carne y el...
No hables del Éxodo, olvida las promesas talladas en papiros vencidos. Aquí se vende una patria empaquetada para turistas, un Mesías con contrato de franquicia que firma cheques sobre el mármol de una mezquita derruida. Dicen que es un designio divino, una profecía de acero y cemento. Pero yo solo veo a un dios con corbata que cotiza en bolsa con las llaves de las casas ajenas, mientras bendice los drones que siembran el pan amargo del despojo. Su espiritualidad es un arma. Su fe,un muro de seis metros. Cantan salmos mientras borran olivos, rezan el Shemá con una mano y con la otra firman las órdenes de demolición. ¡Qué sublime farsa la de los piadosos que cambian el Talmud por un manual de ocupación! Han convertido el lamento en marketing, el Holocausto en un escudo impune. Gritan"¡Nunca más!" para justificar el siempre, mientras venden camisetas con la estrella de David junto a la foto de un niño muerto en Gaza. Es la industria del victimismo convertida en verdugo. Yo te re...
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