Sinfonía en Gris y Negro

 


Fue en una tarde de aquellas que parecen lánguidas agonías de seda, entre el olor a cera derretida y el terciopelo de los féretros, cuando aconteció la ironía de mi nacimiento; un despertar que tuvo la impertinencia de ocurrir allí, donde la vida se rinde, como una flor de lis brotando en el fango de un sepelio. Supe entonces —con esa lucidez que es la peor de las cegueras— que los demonios son seres de una sensibilidad exquisita: aman el desastre con la devoción de un esteta, y encuentran en la demolición de la esperanza una armonía más perfecta que la que habita en las rimas de los poetas mediocres.

La noche no era un fenómeno del cielo, sino una prolongación de mi alma, una sombra que se negaba a sucumbir ante la luz vulgar. Y en ese silencio de alcoba vacía, comprendí la ironía eterna, ese fardo de seda y plomo que es saber lo que uno desearía ignorar para siempre: que la vida es un baile de máscaras donde los hilos los mueve una mano invisible y gélida. Es el dilema de la risa que estalla en el velorio, no por falta de piedad, sino por un exceso de comprensión ante el ridículo teatro de la existencia.

¿A qué esta vana palabrería, este desfile de estrofas que pretenden medir lo infinito? Es casi una cursilería de salón adorar la música del verso mientras se teme al frío bisturí de la filosofía. He descifrado, tras años de contemplar cómo se apagan las bujías, el lenguaje oculto del Tiempo: ese ritmo de péndulo que solo se escucha en el eco de los besos muertos y en el perfume de las almas que, al creer que florecen, solo están perfumando su propia caída hacia la nada.

Que los otros sigan repitiendo sus historias, como autómatas en un carrusel de penas heredadas; que asuman el peso de sus consecuencias con la seriedad de quien no sabe que todo es un juego de sombras. Mi secreto ya no busca refugio en las palabras. Se ha disuelto en una dimensión donde el pensamiento se vuelve música y la música se vuelve olvido. No es que lo comprenda todo —el conocimiento es una vulgaridad para los que aún tienen esperanza—; es que he aceptado que la verdad es una sombra larga, larguísima, que se proyecta sobre un piano mudo, mientras en el jardín las estrellas se oxidan como viejas medallas olvidadas en el fondo de un estanque de sueños.

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