Elegía para un hombre que ardía


No moriste.
Te desbordaste.
Fuiste demasiada luz
para un solo cuerpo,
demasiada palabra
para una sola época.
Aún tiemblan los muros del barrio
cuando tu nombre pasa
como un viento antiguo
cargando tizas, libros, cámaras,
la respiración viva de los niños
que aprendieron a reír
cuando la esperanza
bajó descalza a la calle.
Traías la universidad
como se trae el pan:
envuelta en el pecho,
caliente, necesaria,
repartida sin pedir permiso
a los altares del abandono.
Donde otros veían ruinas
tú veías umbrales.
Donde había silencio
sembrabas preguntas
como cuchillos de agua
abriendo la conciencia.
Escribías
—y el mundo se agrietaba—
no para adornar la herida,
sino para obligarla a hablar.
Historia, filosofía, hambre, amor,
todo ardía en tus frases
como si la lengua fuera
un animal insomne
buscando verdad.
Defendiste el sustento
con el cuerpo expuesto,
la galería como un corazón colectivo
que no debía ser arrancado.
Luchaste sin épica vacía:
con la voz rota,
con el abrazo firme,
con la dignidad como única bandera.
Fuiste ojo y fuego:
fotógrafo de lo invisible,
teatrero del gesto mínimo,
cuentero de lo que la gente calla
cuando el miedo se sienta a la mesa.
Padre que enseñó a mirar,
hermano del temblor,
amigo donde el alma descansaba,
hijo del pueblo
y de una ternura feroz.
Hoy tu ausencia
no es silencio:
es un ruido hondo,
un zumbido en la sangre,
una presencia que insiste
en no morir.
Porque hay hombres
que no caben en la muerte.
Hombres que se vuelven
memoria activa,
luz rebelde,
conciencia despierta.
Y tú sigues aquí,
en cada niño que pregunta,
en cada barrio que resiste,
en cada palabra
que se atreve a pensar.
Ardes todavía.
Y mientras ardas,
la noche
no vencerá del todo.

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